Una tarde, uno de sus compañeros llegó tarde porque había tenido que acompañar a su madre al hospital.
El supervisor quiso despedirlo.
Mateo intervino.
—Dale una oportunidad. Yo cubro su turno.
Mientras acomodaba mercancía pasada la medianoche, recordó a Sofía.
Por fin comprendía lo que significaba ponerse del lado de alguien cuando hacerlo cuesta algo.
Pero aquella lección había llegado demasiado tarde.
Nunca volvió a buscarla.
Un año y medio después, Fundación Luz Abierta organizó su primer gran concierto benéfico en el Centro Cultural Roberto Cantoral.
Treinta jóvenes con discapacidad visual participarían.
Sofía coordinaba el evento.
Y la pianista invitada era Elena Salvatierra.
Minutos antes de subir al escenario, Elena tocó las teclas de su piano y respiró profundamente.
—Estoy nerviosa.
—¿Tú? —bromeó Sofía—. La mujer que enfrentó a Patricia sin siquiera levantar la voz.
—Aquello era más fácil.
Tomás se acercó.
—¿Quieres que cancelemos?
Elena soltó una carcajada.
—Ni se te ocurra.
Mariana apareció detrás del telón.
—Señora Elena, nos toca.
—Vamos, compañera.