Gabriel había encontrado, entre los papeles que Vanessa dejó en la habitación de invitados, una carpeta con documentos relacionados con su supuesto contrato.
No la había abierto por curiosidad al principio. Simplemente había visto su nombre en una hoja que estaba encima de la mesa y había querido comprobar la dirección de la empresa para ayudarla a organizar el transporte de los niños.
Entonces descubrió una fecha que no encajaba.
El contrato no comenzaba el viernes.
Comenzaba el lunes siguiente.
Además, el documento indicaba que la empresa ofrecía alojamiento durante los días de trabajo y que la incorporación inicial sería de solo tres días presenciales, con el resto del trabajo organizado de manera remota.
Gabriel no sabía si existían otros acuerdos que explicaran aquellas condiciones, pero la discrepancia le llamó la atención.
Cuando Vanessa regresó a casa aquella tarde, le pidió que se sentara.
—Necesito preguntarte algo sobre tu contrato.
Ella dejó el bolso en el sillón.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué nos dijiste que tenías que salir el viernes a primera hora si el documento indica que empiezas el lunes?
Vanessa se quedó inmóvil.
Solo fue un segundo, pero Gabriel lo notó.
—Hubo un cambio de última hora.
—¿Y por qué dijiste que estarías fuera diez días si aquí pone que la primera fase dura tres?
—¡Porque hay otros documentos que no has visto!
—Entonces enséñamelos.
—¿Me estás interrogando ahora?
—Estoy intentando entender por qué decidiste que debíamos cuidar a tus hijos durante diez días sin preguntarnos.
Vanessa levantó la voz.
—¡Porque sabía que me ibas a poner problemas!