“Mi cuñada quiso robarme mis únicas vacaciones… pero no imaginó lo que encontraría mi esposo cuando regresara”

Hubo una breve pausa.

—¿Y Mónica?

—Está de vacaciones.

—¡Ah, qué bien! Se las merece. La he visto llegar tantas noches agotada del hospital que me alegro de que por fin haya podido descansar.

Gabriel sintió que se le cerraba la garganta.

Hasta la vecina había notado lo cansada que yo estaba.

Hasta ella había comprendido algo que él, viviendo conmigo, se había negado a ver.

—Sí —respondió en voz baja—. Se las merece.

Después de colgar, se quedó mirando a los niños jugar en el salón.

El mayor se acercó y le tiró suavemente de la camiseta.

—Tío Gabriel, ¿la tía Mónica está enfadada con nosotros?

Gabriel se agachó frente a él.

—No, campeón. Tu tía no está enfadada con vosotros.

—Mamá dice que se fue porque no quería cuidarnos.

Gabriel sintió una punzada en el pecho.

No podía permitir que los niños crecieran pensando que eran una carga o que el cariño se demostraba sacrificándose siempre.

—Tu tía se fue porque necesitaba descansar. Ha trabajado mucho durante todo el año. Eso no significa que no os quiera.

El niño bajó la mirada.

—¿Va a volver?

Gabriel le acarició el cabello.

—Claro que volverá cuando termine sus vacaciones. Pero ahora está disfrutando de unos días que se ha ganado trabajando muy duro.

El pequeño asintió y regresó a jugar.

Gabriel permaneció unos segundos agachado.

Quizá aquella era la primera vez que defendía mi derecho a descansar sin intentar añadir después un «pero».

Y, aunque todavía no lo sabía, aquella conversación marcaría el comienzo de un cambio mucho más profundo.

7. Mi tercera noche en la playa

Yo había decidido no hablar con Gabriel durante las primeras cuarenta y ocho horas, salvo por asuntos realmente importantes.

No era un castigo.

Necesitaba silencio para escuchar mis propios pensamientos.

Durante el día caminaba por la orilla, leía en una tumbona y comía sin mirar constantemente la hora.

Por las tardes me sentaba en el balcón a contemplar la puesta de sol.

Pero cuando llegaba la noche, la tranquilidad dejaba espacio a las preguntas.

¿Quería seguir casada con Gabriel?

¿Podía volver a confiar en él?

¿Había sido aquella discusión un error aislado o simplemente la primera vez que me atrevía a reconocer un problema que llevaba años creciendo?

Una noche abrí las fotografías de nuestra boda.

Gabriel aparecía junto a mí con una sonrisa enorme. Yo llevaba un vestido sencillo y sostenía un ramo de flores blancas.

Recordé sus votos.

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