—No quiero regresar a una casa donde tenga que justificar cada hora de descanso. No quiero que cada favor familiar se convierta en una obligación. Y no quiero que vuelvas a utilizar el divorcio como una amenaza cuando no haces lo que quieres.
—No volveré a hacerlo.
—No me lo prometas solamente porque ahora estás asustado de perderme.
Él guardó silencio.
Después respondió:
—Tienes razón. No te pido que me creas hoy. Quiero demostrártelo cuando regreses.
Aquella fue la primera conversación sincera que habíamos tenido en mucho tiempo.
No arregló nuestro matrimonio.
Pero abrió una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.
11. El día en que dejé de sentir culpa
Los días siguientes fueron los mejores de mis vacaciones.
No porque hubiera olvidado los problemas, sino porque dejé de permitir que gobernaran cada momento de mi vida.
Me apunté a una excursión en barco. Visité un pequeño mercado junto al paseo marítimo. Compré un libro que llevaba meses queriendo leer y pasé una tarde entera en una cafetería sin mirar el reloj.
Una mañana, mientras caminaba por la arena, conocí a una mujer llamada Isabel.
Tendría unos sesenta años y llevaba un sombrero de paja. Caminaba despacio, deteniéndose de vez en cuando para observar las conchas que dejaba la marea.
Terminamos sentadas en un banco frente al agua.
Hablamos del clima, del hotel y de los lugares que habíamos visitado.
En algún momento me preguntó si había venido sola.
—Sí —respondí—. Mi esposo tenía otros asuntos que resolver.
No era exactamente una mentira, pero tampoco era toda la verdad.
Isabel sonrió.
—A veces, viajar sola es una de las mejores maneras de volver a encontrarse.
La miré sorprendida.
—¿Usted también viaja sola?
—Desde que mis hijos crecieron, sí. Mi marido murió hace seis años y tardé mucho en aprender a disfrutar de las cosas sin sentir que estaba dejando a alguien atrás.
Su respuesta me hizo pensar.
—¿Y no se siente culpable?
Isabel soltó una pequeña carcajada.
—Querida, pasé treinta años sintiéndome culpable por todo. Si descansaba, pensaba que debía estar trabajando. Si gastaba dinero en mí, pensaba que podía haberlo usado para alguien más. Si decía que no, me pasaba la noche entera explicándome por qué era una mala persona.
Miró el mar.