Presioné el bloqueo electrónico.
Mi camioneta emitió un sonido.
—Todos abajo —dije.
—Mariana, no hagas esto aquí —murmuró Daniel.
—Aquí fue donde ustedes decidieron hacerlo.
Fernanda cruzó los brazos.
—Es mi regalo de bodas.
La miré.
—Un regalo sólo puede entregarlo el propietario.
—¡Pero ya recibí dinero!
—Ése también es tu problema.
Entonces hice una señal.
Rubén apareció con la grúa.
Ver la cara de Teresa cuando comprendió que realmente iba a llevarme mi propia camioneta fue casi surrealista.
—¡No puedes dejar a toda la familia aquí parada!
—Puedo.
Rubén empezó a acomodar el equipo.
Daniel salió lentamente.
Yo lo miré directamente.
—Mamá ya cambió la cerradura. Tus cosas están con el vigilante. Voy a solicitar el divorcio.
—Mariana, por favor.
—Esperaste a que naciera nuestra hija para intentar quitarme algo que era mío. No fue un error. Fue un plan.
Teresa se acercó furiosa.
—¡Yo sólo quería ayudar a mi hija!
—Intentando robarle a la esposa de su hijo.
—¡No uses esa palabra!
—Entonces dígame otra para describir vender una propiedad ajena.
Fernanda empezó a llorar.
Su teléfono llevaba varios minutos sonando.
Finalmente contestó.
Era el comprador que había entregado el anticipo.
Le exigía ver la camioneta aquella misma tarde.
Cuando Fernanda intentó explicarle que había “un pequeño problema con los papeles”, el hombre comenzó a gritar tan fuerte que todos pudimos escucharlo.
Rubén terminó de subir la camioneta a la plataforma.
Los moños blancos seguían amarrados al cofre.