Abrí el mapa.
Mi camioneta, que Daniel juraba que seguía estacionada bajo mi edificio, avanzaba por la ciudad.
Y se detuvo exactamente frente a la casa de Teresa.
Llamé a mi esposo.
—Mi mamá se sintió mal —dijo demasiado rápido—. Fernanda la llevó al médico. Le presté la camioneta. No quise preocuparte.
No le creí.
Una hora después abrí las redes sociales de Fernanda.
Ahí estaba mi camioneta, recién lavada, decorada con enormes moños blancos.
Fernanda aparecía detrás del volante con lentes oscuros.
Sobre el video había escrito:
“Por fin llegó mi regalo de bodas. Gracias a mi familia por consentirme como merezco.”
Y entonces entendí que no habían tomado mi camioneta por unas horas.
Habían esperado a que yo estuviera en un hospital, agotada y con una recién nacida en brazos, para empezar a quitármela.
Y todavía no podía creer lo que estaban preparando para el día de mi salida…
PARTE 2
No llamé a Daniel otra vez.
Primero eliminé su acceso a la alarma y al rastreador.
Después llamé a mi mamá.
—Ya vi el video —dijo Rosa antes de que yo explicara nada—. Dime qué necesitas.
—Mañana me dan de alta.
—Entonces mañana por la mañana cambio la cerradura de tu departamento. Las cosas de Daniel quedarán con el vigilante.
Mi mamá, aquella mujer tranquila que mi suegra consideraba incapaz de levantar la voz, ya había llamado a un cerrajero.
Luego apareció una persona que no esperaba: Karla, la hermana menor de Daniel.
Llegó al hospital sin maquillaje, usando una sudadera enorme y cargando un pequeño conejo tejido para Sofía.
—Fernanda puso tu camioneta a la venta —dijo apenas cerró la puerta—. Ya recibió un anticipo de cien mil pesos.
Sentí que se me helaban las manos.