No fue un reflejo.
Sonrió de verdad.
Y con la única mano que todavía podía mover un poco, apretó los dedos de Mariana.
Me escondí detrás de la puerta.
Por primera vez dudé de mis propias sospechas.
Pero esa misma noche, las cámaras mostraron algo mucho peor.
Mariana salió por la entrada trasera.
Un hombre desconocido la esperaba junto a la reja.
Ella le entregó un sobre grueso.
“Que nadie se entere. Ni siquiera mi esposo. Ya le pagué lo que pidió. Ahora necesito que usted cumpla.”
El hombre guardó el sobre y se fue.
Mariana permaneció junto a la reja llorando.
Y yo entendí que, fuera lo que fuera aquello, mi esposa estaba escondiendo algo mucho más grande que unas pastillas.
Parte 2: Al día siguiente la seguí hasta Tlaquepaque.