La noche que mi marido me echó de casa, llovía tan fuerte que la calle brillaba como cristal negro. Ni siquiera me dejó llevar paraguas.
—Tres años —dijo Adrián, de pie en la puerta de la casa por la que yo había pagado la mitad de la hipoteca—. Tres años completamente desperdiciados, Mara. Sin hijos. Sin legado. Nada.

Detrás de él, su madre sonreía con calma por encima del borde de su taza de té.
Su nueva mujer, Celeste, estaba recostada contra la escalera, vestida con mi bata de seda.
Mi bata de seda.
Miré la maleta que Adrián había preparado para mí. Dos suéteres. Un par de zapatos. La fotografía de mi abuela con una grieta en la cara.
—¿Eso es todo? —pregunté en voz baja.
Adrián hizo una mueca. —Deberías agradecer que no te exija una compensación.
—¿Por qué?
—Por haber desperdiciado mi juventud.
Su madre rió suavemente. —No armes un escándalo, querida. Las mujeres como tú envejecen fatal cuando lloran.
No lloré.
Eso parecía molestarles más que nada.
Adrián se acercó y bajó la voz. —La asignación termina esta noche. Las cuentas están bloqueadas. Mi abogado se pondrá en contacto contigo. Firma en silencio y tal vez te deje suficiente dinero para alquilar una habitación.
—¿Bloqueaste mis cuentas?
—Nuestras cuentas —corrigió.
Celeste levantó la mano, mostrando el anillo de diamantes que una vez encontré escondido en el cajón del escritorio de Adrián. —No te preocupes. Le daré hijos.
Esas palabras me golpearon más fuerte que la lluvia helada.
Durante tres años, soporté inyecciones, cirugías, pruebas, susurros. Adrián nunca accedió a hacerse una prueba de fertilidad. Su madre insistía en que los hombres de verdad no necesitaban demostrar nada.
Levanté la maleta lentamente.