—¿Cómo que no vaya? ¿Quién se cree que es para humillarte así?
Lo miré.
Mis ojos estaban secos.
—Tengo hambre.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—¿Podemos ir a comer primero?
Todo el enojo de mi hermano pareció romperse en su garganta.
Me miró durante varios segundos.
Luego cerró la puerta.
Arrancó el auto.
—¿Qué quieres comer?
—La sopa de wonton de la calle vieja… ¿todavía existe?
Sebastián se quedó callado un instante.
Después asintió.
—Sí. El dueño sigue siendo el mismo.
—Entonces quiero wonton.
Cerré los ojos.
Por fuera, parecía tranquila.
Por dentro, solo pensaba una cosa.
Adrián Keller me había echado sin dejarme llevar nada.
Pero no sabía que, desde hacía meses, todo lo que realmente importaba…
ya lo había sacado de esa casa.
El armario estaba vacío, la caja fuerte también… y mi esposo entendió que no me había echado: yo ya me había ido
La sopa de wonton seguía sabiendo igual.
Caldo claro.
Cebollín fresco.
La masa fina rompiéndose apenas entre los dientes.
Un sabor sencillo, caliente, profundamente familiar.
Hacía años que no comía allí.