funcionaban las cosas.
—Por eso estoy intentando entenderlas.
Su voz se endureció.
—Todo lo que hice fue por esta familia.
Aquella frase.
Siempre aquella frase.
—¿También instalarte en mi villa?
Silencio.
—¿También intentar cobrarme setenta y cinco mil dólares para salir de mi propia casa?
—Me debes mucho más que eso.
Y finalmente comprendí que discutir era inútil.
—Entonces demuéstralo con documentos.
Colgué.
No sentí rabia.
Sentí una extraña tranquilidad.
Mi padre había construido durante años una relación basada en una idea muy sencilla:
Todo lo que él hacía por nosotros creaba una deuda.
Todo lo que nosotros hacíamos por él era una obligación.
Yo ya no aceptaba aquella regla.
A la mañana siguiente, Michael recibió una llamada.
Después vino a buscarme.
—Robert está dispuesto a abandonar la villa.
Lo miré sorprendida.
—¿Así de repente?
—Con condiciones.
Casi sonreí.
—Por supuesto.
—Quiere que renuncies a cualquier reclamación relacionada con el