Parecía confundido.
—George te lo dio —dije—. Te lo dio porque lo necesitabas. Y lo has necesitado durante cincuenta y siete años. Ha estado sobre tu chimenea durante todo tu matrimonio. Tus hijos crecieron con él. Margie le daba los buenos días todos los domingos. —Negué con la cabeza—. Es tuyo. Siempre ha sido tuyo. Él se aseguró de ello.
—Pero te lo prometió —dijo Arthur—. Prometió devolverlo.
—Sí, lo trajo de vuelta —dije.
Arthur me mirófijamente.
—Míralo —dije—. Mira dónde está. He estado cargando con una estúpida herida durante cincuenta y siete años. Que mi esposo perdió lo primero que le di. Que no le importó. —Se me quebró la voz—. Y estaba aquí. Todo el tiempo. Manteniendo a un hombre con vida. En una casa llena de rosas. Con una mujer que me decía buenos días todos los domingos.
Me puse de pie. Coloqué mis manos sobre las de Arthur. Ambos sosteníamos el cuadro.
—Eso no está perdido, Arthur —dije—. Es lo más valioso que existe en el mundo.
Lo volvió a colgar encima de la chimenea. Nos quedamos allí los dos mirándolo durante un buen rato.
Luego tomamos nuestro café, que ya estaba frío. Él puso un disco de Ella Fitzgerald. Nos sentamos en el sofá de cuero marrón y hablamos hasta que oscureció.
Me contó cosas sobre George que yo desconocía. Cosasque George jamás me había contado en cuarenta años. Lo valiente que era. Cómo cruzó corriendo aquel claro sin casco. Cómo bromeaba en el helicóptero para tranquilizar a los heridos. Cómo se sentó al borde de una cama de hospital y regaló lo único que tenía de casa.
—Habló de ti —dijo Arthur—. En el hospital. Durante una hora. Solo hablaba de ti. De Judy y el lago. De Judy y sus pinturas. Dijo que ibas a estudiar arte en Cleveland. Dijo que algún día serías famosa. Dijo que se casaría contigo y te construiría un estudio con grandes ventanales para que pudieras pintar la luz.