ignorado.
Afuera, las tierras que él había venido a comprar seguían extendiéndose detrás de la casa.
Ya no parecían una oportunidad de negocio.
Eran el lugar donde sus hijos habían crecido.
El lugar que alguien había ayudado a conservar cuando él estaba ocupado construyendo otra vida.
Mateo salió detrás de ellos.
—Lucía.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
—No sé cómo arreglar esto.
Lucía no sonrió.
Tampoco le dio una respuesta que pudiera aliviarlo.
Solo señaló a los niños.
—Empieza por conocerlos.
Mateo se acercó lentamente.
El mayor lo miró.
Después miró a sus hermanos.
Y volvió a mirar a Mateo.
—¿Te vas a ir otra vez?
Mateo se quedó sin palabras.
Aquella era la pregunta que realmente importaba.
No la parcela.
No el contrato.
No la empresa.
No el penthouse.
El niño esperaba una respuesta.
Mateo se agachó hasta quedar a su altura.
—No quiero irme.
Lucía escuchó desde unos pasos