sabía que estabas embarazada de él.
—No te importó saberlo. Solo querías controlar lo que pasaba con mi cuerpo, como controlabas todo lo demás.
—Ema, yo…
—No me llames así.
Mi voz no fue alta.
No hizo falta.
Leo tomó mi mano. Sus dedos eran pequeños, cálidos y firmes.
—¿Vamos a irnos, mamá?
Lo miré.
Diez años atrás había salido de aquella casa sola, con una bolsa y una vida que nadie creía que pudiera sostener.
Ahora podía salir con mi hijo, una carrera, una casa y la certeza de que no necesitaba la aprobación de nadie que hubiese confundido el amor con obediencia.
Pero antes de irnos, dejé el último documento sobre la mesa.
Era una carta de un abogado.
—Hace seis meses contacté al periodista al que Noah quería entregar los archivos. Él me puso en contacto con una fiscal estatal. Todo está revisado. Las cuentas, los contratos,