—Entonces mentiste.
—¿Sobre qué?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Dijiste que nadie iba a irse.
Me reí mientras lloraba.
—Sí.
—Bien.
No estaban curados.
Todavía faltaba muchísimo.
Semanas.
Meses.
Más tratamiento.
Complicaciones.
Pero los diez días pasaron.
Y mis hijos seguían vivos.
Después veinte.
Después cincuenta.
Después cien.
Mientras ellos luchaban, otra historia se desarrollaba en Chicago.
Las autoridades registraron instalaciones relacionadas con Halcyon.
La investigación fue mucho más amplia de lo que yo había imaginado.
Los documentos de Genevieve y Elena no demostraban cada sospecha que teníamos.
Perosí revelaron irregularidades graves en registros clínicos, consentimientos y manejo de información relacionada con varios pacientes.
Victor Sloane negó haber ordenado cualquier alteración de embriones.
Afirmó que ciertos empleados habían actuado sin su conocimiento.
Elena insistió en que era imposible.
Yo quería una respuesta sencilla.
Un monstruo.
Una orden.
Una persona a quien culpar por todo.
La realidad fue más complicada.
Pero una cosa terminó quedando clara.
Sloane sabía mucho más de lo que había admitido.
Y había participado en decisiones destinadas a ocultar información que habría expuesto a Halcyon.
También apareció nueva evidencia sobre la muerte de Genevieve.
El conductor del camión que chocó contra su vehículo había recibido varios pagos antes y después del accidente a través de una empresa intermediaria.
La investigación tardó casi un año en reconstruir el recorrido del dinero.
No voy a fingir que cada detalle quedó resuelto perfectamente.
No fue así.
Pero hubosuficiente evidencia para demostrar que la muerte de mi esposa no había sido el simple accidente que me habían contado.
Sloane y otras personas terminaron enfrentando cargos derivados de distintos aspectos del caso.
Algunos aceptaron acuerdos.
Otros fueron a juicio.
Halcyon colapsó.
Varias familias presentaron demandas.
Y por primera vez conocí a algunos de los otros padres.
Pensaba que mi tragedia era única.
No lo era.
Eso casi fue peor.
Dos años después, Jonah y Blythe cumplieron ocho.
Tuvimos una fiesta pequeña.
Nada de fotógrafos.
Nada de prensa.
Solo pastel.
Globos.
Franklin.
Prescott.
Y Elena.
Sí.
Elena.
Después de todo, le ofrecí dinero.
Muchísimo.
Lo rechazó.
—Entonces dime qué quieres.
Pensó unos segundos.
—Quiero estudiar medicina.
Creí haber escuchado mal.
—¿Medicina?
—Dejé la universidad cuando murió mi hermana.
—Entonces vuelve.
—No puedo pagarlo.
—Eso no es lo que pregunté.
Me miró.
—No quiero caridad.
—Perfecto. Genevieve tampoco creía en ella.Creamos una beca.
No para Elena.
Para personas que hubieran denunciado irregularidades médicas o que hubieran perdido familiares por fallas de sistemas clínicos.
Elena fue la primera beneficiaria.
Insistió en cumplir exactamente los mismos requisitos que todos los demás.
Eso habría hecho sonreír a Genevieve.
La noche del cumpleaños, Blythe se acercó a Elena.
—¿Tú conociste a mi mamá?
Elena miró hacia mí.
Asentí.
—Sí.
—¿Era bonita?
Elena sonrió.
—Muchísimo.
—Papá dice eso porque estaba enamorado.
—Tu papá tiene razón.
Jonah preguntó: