—Porque durante años intentaron convencer a Harrison de que la cerrara y transfiriera sus activos al patrimonio familiar.
Entonces comprendí lo que realmente estaba en juego.
No eran unos cuantos millones.
Eran décadas de trabajo.
—¿Y ahora qué ocurre con la fundación?
Álvaro giró lentamente la carpeta hacia mí.
En la primera página había una lista de miembros del consejo.
Leí varios nombres desconocidos.
Hasta llegar al último.
Presidenta: Isabel Romero.
Me quedé inmóvil.
—Yo nunca acepté esto.
—Todavía no. Tiene que decidirlo.
—¿Harrison quería que yo dirigiera una fundaciónde treinta y siete millones de euros?
—No exactamente.
Álvaro sacó un documento adicional.
—Los treinta y siete millones corresponden únicamente a los activos actuales de la fundación.
Sentí que se me secaba la garganta.
—Entonces, ¿qué falta?
El abogado me mostró una transferencia programada que se activaría tras la resolución del testamento.
La cifra era mucho mayor.
—Harrison ordenó transferir la mayoría de su patrimonio personal a la Fundación Elena después de su muerte.
—¿Cuánto?
Álvaro me sostuvo la mirada.
—Ciento cuarenta y ocho millones de euros.
No pude hablar.
Los hijos de Harrison no estaban luchando por una casa.
Ni siquiera por una herencia.
Estaban intentando impedir que casi doscientos millones de euros terminaran destinados al proyecto que su padre había construido durante décadas.
Pero todavía había algo que no entendía.
—Roberto dijo que Harrison no me había contado todo.
Álvaro bajó la mirada.
—Tiene razón.
Abrió elúltimo compartimento de su maletín y sacó una pequeña llave plateada.
En una etiqueta aparecía escrito un número:
317.
La colocó sobre mi palma.
—Mañana iremos al banco.
—¿Qué hay allí?