Mucho más pequeña.
Estaba en brazos de aquella mujer.
Pero junto a ellas aparecía otro hombre.
Arthur sintió que el estómago se le cerraba.
—¿De dónde sacó esto?
La mujer cerró los ojos.
—Déjela.
Arthur no podía.
Porque conocía perfectamente al hombre de la fotografía.
Era su hermano mayor, William.
Muerto hacía siete años.
—Ivy —preguntó Arthur lentamente—, ¿cómo se llama tu madre?
—Elena Sterling.
Arthur miró a la mujer.
Sterling.
El apellido le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
—¿Quién es el padre de Ivy?
Elena permaneció en silencio.
Los gemelos comenzaron a llorar nuevamente.
Ivy corrió hacia ellos.
Arthur observó cómo aquella niña de ocho años preparaba un biberón con manos temblorosas.
Algo dentro de él se quebró.
—Voy a conseguir ayuda, quiera usted o no.
Elena comenzó a llorar.
—Si llama a alguien, nos encontrarán.
—¿Quiénes?
Ella miró hacia la ventana.
—La familia Pendelton.
Arthur se quedó inmóvil.
—Yo soy un Pendelton.
—Lo sé.
Aquellas dos palabras cambiaron todo.
Arthur cerró la puerta.
—Explíquese.
Elena señaló débilmente un cajón.
Dentro había un sobre viejo.
Arthur lo abrió.
Encontró certificados.
Cartas.
Y un documento firmado por William.
En la primera línea aparecía el nombre de Ivy Sterling.
En la segunda, el de William Pendelton.
Arthur levantó los ojos.
—¿Ivy es hija de mi hermano?
Elena asintió.
—William y yo íbamos a casarnos.
Arthur apenas podía procesarlo.