y nervios.
Cuando me vio, me saludó con una sonrisa pequeña.
—Carmen, qué gusto. Se ve… bien.
Ese “bien” sonó como insulto.
Ricardo ni siquiera me abrazó. Solo miró hacia el escenario, donde Emiliano estaba sentado junto a otros estudiantes.
—A ver si de verdad era para tanto escándalo —dijo—. Porque premios de muchachitos hay muchos.
Lo miré tranquila.
—Pon atención.
La ceremonia comenzó.
Nombraron a jóvenes de Monterrey, Guadalajara, Puebla, Mérida. Proyectos sobre energía, medicina, agua potable, transporte. Cada aplauso llenaba el auditorio de orgullo.
Entonces dijeron:
—Emiliano Torres Vargas.
Mi hijo caminó al centro del escenario con una serenidad que me quebró por dentro. Alto, delgado, con la misma mirada profunda que tenía de bebé cuando parecía entenderlo todo sin hablar.
El director leyó:
—Reconocido por su investigación en sistemas predictivos para infraestructura urbana y por su colaboración en la detección de irregularidades que comprometían la seguridad pública