A los tres años armaba rompecabezas de cien piezas sin pedir ayuda. A los cinco leía los letreros del metro. A los ocho desarmó un ventilador viejo para entender por qué no giraba y lo volvió a hacer funcionar. En la secundaria, sus maestros me llamaban no para quejarse, sino para preguntarme si yo sabía que Emiliano resolvía problemas de preparatoria.
—Su hijo tiene algo especial, señora Carmen —me dijo una maestra—. No lo deje apagarse.
No lo dejé.
Aunque muchas veces no sabía cómo pagar libros, cursos o pasajes, Emiliano encontraba la manera. Estudiaba en bibliotecas públicas, veía conferencias gratuitas, participaba en concursos de ciencia con materiales reciclados. A los catorce creó un sistema para detectar fallas en tuberías de agua usando sensores baratos. A los quince ganó una competencia nacional de innovación juvenil.
Ricardo se enteró por un periódico local.
Ese