—Señor Valcárcel, su padre lleva meses esperando este momento.
Lucía giró lentamente hacia su marido.
—¿Señor qué?
Adrián cerró los ojos.
Y por primera vez desde que lo conocía, pareció tener miedo de decir su propio nombre.
PARTE 2
Adriánconfesó que se llamaba Adrián Sebastián Valcárcel Rivas, heredero de un grupo empresarial con hoteles, logística, promociones inmobiliarias y participaciones en energía renovable.
Lucía sintió que el suelo se movía.
—Me dijiste que no tenías familia.
—Dije que no tenía a nadie con quien pudiera volver.
—Eso no es lo mismo.
La madre de Adrián intentó intervenir, pero Lucía levantó una mano. No quería escuchar explicaciones de una desconocida vestida con un abrigo que costaba más que su sueldo de varios meses.
Adrián contó que había abandonado la casa familiar tras una pelea con su padre. Querían que aceptara un compromiso sentimental conveniente para cerrar una alianza empresarial. Él se negó, dejó tarjetas, chófer y cuentas familiares, y decidió sobrevivir con trabajos normales.
Al principio no pretendía engañar a nadie.
Luego conoció a Lucía.
—Cuando vi que me querías sin saber mi apellido, tuve miedo de contártelo.
—¿Miedo de qué?
—De que todo cambiara.
Lucía sintió más rabia que sorpresa.
—Entonces decidiste que era mejor casarte conmigo sin dejarme elegir con toda la verdad.
Adrián no respondió.
Ella entró en el piso y cerró la puerta.
Al día siguiente, él volvió solo, con la misma chaqueta vieja y una carpeta.
Dentro había contratos temporales, nóminas, recibos y extractos de la cuenta donde había guardado cada euro ganado durante aquel año.
—Nada de lo que compartimos salió de mi familia —dijo—. Eso sí fue real.
Lucía lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Te quiero. Pero ahora mismo no confío en ti.
Adrián asintió.
Y entonces pronunció una frase que cambió el rumbo de su matrimonio:
—No voy a pedirte que me perdones. Voy a darte motivos para que algún día puedas hacerlo.
PARTE 3