Primero unas pocas personas.
Después todo el auditorio.
Pero Ethan no reaccionaba.
Leo finalmente consiguió sacar el diploma de su mano.
—Gracias, señor Sullivan.
Ethan abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Mi hijo, educado como siempre, hizo una pequeña inclinación de cabeza y caminó hacia el micrófono para pronunciar el breve discurso que había preparado durante semanas.
—Gracias a mis profesores…
Yo apenas lo escuchaba.
Porque Ethan seguía mirándome.
No era una mirada.
Era un interrogatorio entero.
¿Es mío?
¿Desde cuándo lo sabías?
¿Por qué nunca me dijiste nada?
¿Cómo pudiste?
Lo conocía suficientemente bien para escuchar cada pregunta sin que moviera los labios.
Yo no respondí ninguna.
Levanté nuevamente la cámara.
Enfoqué a mi hijo.
No a él.
Leo terminó su discurso.
El público aplaudió.
Los niños abandonaron el escenario.
Ethan permaneció allí unos segundos más, como si hubiera olvidado qué debía hacer.
El director tuvo que acercarse.