otro lado.
Durante años había sido todo para mi hijo.
Madre.
Familia.
Adulto de referencia.
Ahora existía alguien capaz de reconocer gestos que yo no había podido darle.
Eso no me hacía menos.
Lo sabía.
Pero saber no elimina todas las emociones.
Cuarenta minutos después Leo regresó.
—¿Qué tal?
Se encogió de hombros.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Habla demasiado de ingeniería para alguien que estudió finanzas.
Desde atrás Ethan dijo:
—Tengo empresas de ingeniería.
Leo se volvió.
—Eso no significa que seas ingeniero.
Ethan sonrió.
—Tienes razón.
Mi hijo me miró.
—Creo que me cae bien.
Ethan dejó de sonreír.
Leo ya caminaba hacia el estacionamiento.
No vio la expresión de su padre.
Yo sí.
Aquellas cuatro palabras casi lo hicieron llorar.
Durante los siguientes meses Ethan fue extremadamente cuidadoso.
Demasiado, incluso.
Preguntaba antes de todo.
“¿Puedo asistir al torneo?”
“¿Puedo mandarle un libro?”
“¿Puedo recogerlo del colegio?”
“¿Puedo invitarlo al