podía querer a alguien que no sabía que existía.
—Ah.
—Leo.
Tomé su mano.
—Lo que ocurrió entre tu padre y yo no tiene nada que ver con tu valor.
Nada.
—Lo sé.
Pero su voz había cambiado.
—¿Quiere conocerme?
Pensé en Ethan.
En sus ojos.
En su desesperación.
—Sí.
—¿Mucho?
—Muchísimo.
Leo respiró.
—No sé si quiero conocerlo.
—No tienes que decidir hoy.
—¿Se va a enfadar?
—Si se enfada, será problema suyo.
Mi hijo me miró.
—¿Tú estás enfadada?
Pensé.
—Ya no como antes.
—¿Lo odias?
—No.
—¿Todavía lo quieres?
Los niños tienen la crueldad de preguntar exactamente lo que los adultos evitan.
Sonreí.
—Quiero que duermas.
—Eso no es respuesta.
—Buenas noches.
—Mamá.
Lo besé en la frente.
—Duerme.
Mientras salía, escuché:
—Eso significa que sí.
Cerré la puerta.
No sabía qué significaba.
Ethan llamó a las siete de la mañana.
No respondí.
A las siete y