Gabriel había cumplido la orden, aunque no como todos imaginaron.
No le quitaron a Javier una empresa por capricho.
No le quitaron a su hija.
No le quitaron el futuro.
Le quitaron la impunidad, la máscara y la certeza de que podía usar a los demás sin que nada cambiara.
Y Laura recuperó algo que ni siquiera sabía que había entregado durante 9 años: el derecho a entrar en cualquier sala sin fingir ser menos de lo que era.
Antes de marcharse, Alma volvió corriendo y abrazó a su madre.
—El próximo año te hago una pulsera a ti.
—No hace falta esperar al próximo año.
Alma sonrió y regresó junto a su padre.
Laura cerró la puerta despacio.
Sobre una mesa seguía el anillo de boda dentro de una caja. A su lado había un papel escrito por Alma con rotulador verde:
“Las cosas que se rompen no siempre hay que pegarlas. A veces se puede hacer otra cosa.”
Laura lo leyó 2 veces.
Después abrió las ventanas.
Madrid entró en la casa con ruido de tráfico, luz de primavera y vida.
Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo que ocultar nada.