Se detuvo.
Lucía la miró.
—¿Porque desde allí qué?
Carmen respiró.
—Porque desde allí hay enchufe.
Lucía sonrió.
—Vas aprendiendo.
—Despacio.
—Me sirve.
Álvaro fue a buscar 4 vasos de agua. Javier se quedó ajustando una pata del mueble. Carmen y Lucía permanecieron solas unos minutos.
—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó Carmen.
—No.
—Puedes estarlo.
—No estoy enfadada. Pero sí necesito que confíes en mí.
Carmen asintió.
—Me da miedo que el mundo siga siendo cruel aunque tú hayas aprendido a ignorarlo.
—El mundo a veces es cruel —dijo Lucía—. Pero también puede ser normal. Y necesito vivir los días normales sin que alguien me prepare para una batalla.
Carmen comprendió que, intentando evitar que la vieran como «la chica de la marca», ella misma había convertido esa marca en el centro de demasiadas conversaciones.
—Perdóname.
Lucía negó suavemente.
—No quiero que te castigues. Quiero que cambies conmigo.
Aquella frase le dolió y la alivió al mismo tiempo.
—Lo intentaré.
—Eso sí te lo voy a exigir.
Antes de marcharse, Carmen se quedó un momento en el pasillo mientras los demás recogían herramientas. Desde allí vio a Lucía sentarse otra vez frente al espejo para quitarse los pendientes.
Álvaro apareció detrás cepillándose los dientes.
La miró a través del reflejo.
Lucía lo descubrió.
—Deja de mirarme, raro.
Él habló con el cepillo en la boca.
—Estoy lavándome los dientes.
—Sospechosamente cerca de mi espejo.
Álvaro le lanzó una gota de agua con los dedos.
Lucía protestó y luego se echó a reír.
Carmen dio un paso hacia el dormitorio por pura costumbre.
Vigilar.
Comprobar.
Intervenir.
Se detuvo.
Javier, a su lado, no dijo nada.
Carmen comprendió que amar a una hija también podía significar no entrar en cada habitación antes que ella.
Cerró la puerta del piso con suavidad.
En el ascensor antiguo, Javier le tomó la mano.
—¿Estás bien?
Carmen tardó en responder.
—Creo que sí. Es como dejar un trabajo que nunca supe que podía soltar.
—Sigues siendo su madre.
—Sí. Pero de otra manera.
Javier apretó sus dedos.
Al salir a la calle, Carmen miró hacia el balcón del tercer piso. Tras una cortina se veía una luz encendida.