Carmen miró la pantalla y, por reflejo, estuvo a punto de decir: «En esta sales mejor que en la otra». Se mordió la lengua antes de hacerlo.
Javier la observó.
Y entonces Carmen entendió por qué Álvaro había dicho que ahora le tocaba a ella.
—No —dijo, retrocediendo un paso—. No me metáis en esto como si yo fuera el problema.
Nadie habló.
Aquello la enfureció más.
—He sido yo la que ha estado con ella cuando volvía del colegio sin querer cenar. Yo la que llamaba a los profesores. Yo la que borraba comentarios crueles de las redes. Yo la que tuve que explicarle por qué su propio padre desapareció y por qué eso no tenía nada que ver con su cara. No me digáis ahora que protegerla ha sido un error.
Lucía cerró los ojos.
—Mamá, nadie está diciendo eso.
—Pues lo parece.
—No. Lo que están diciendo es otra cosa.
Carmen se volvió hacia ella.
Lucía tardó unos segundos en hablar. No parecía enfadada. Eso fue peor.
—Tú aprendiste a vigilar antes que yo. Cuando entrábamos en un restaurante, mirabas quién me estaba mirando. Cuando alguien sacaba una cámara, me recolocabas sin preguntarme. Cuando una dependienta era seca conmigo, luego me preguntabas si había sido «por lo de la cara». Incluso cuando nadie decía nada, tú me recordabas que algo podía pasar.
Carmen abrió la boca, pero Lucía levantó una mano.
—Sé por qué lo hacías. Y cuando era pequeña lo necesitaba. Pero hubo días en los que yo entraba en un sitio tranquila y, al verte observar a todo el mundo, pensaba: «Vale, hay peligro. Seguro que alguien está mirando». A veces no era la gente quien me hacía consciente de mi marca. Eras tú intentando asegurarte de que nadie lo hiciera.
La frase cayó en medio del patio.
Carmen sintió que le ardían los ojos.
—Nunca quise que sintieras eso.
—Ya lo sé.
—Solo quería que no te hicieran daño.
—Y muchas veces lo evitaste.
Lucía dio un paso hacia ella.
—Pero ya tengo 26 años. Si alguien me mira mal, puedo mirarlo yo también. Si alguien hace un comentario, puedo responder. Y si un día me duele, puedo llamarte. No tienes que sentir el golpe antes que yo.
Carmen se llevó una mano al pecho.
Durante años había considerado su vigilancia una prueba de amor. De pronto veía el otro lado: quizás también había enseñado a su hija a esperar el juicio incluso cuando no existía.
Álvaro guardó el móvil.
—Mi parte del trato era avisar a Javier cuando Lucía dejara de revisar cada foto. La suya era arreglar el tocador. Y, esta noche, como él llegó antes de Zaragoza, me pidió que consiguiera traerte al patio sin que Lucía sospechara.
Carmen lo miró con indignación.
—¿Y tu brillante idea fue decirme «he cumplido mi parte del trato»?
—En mi cabeza sonaba misterioso.
Javier soltó una carcajada breve.
—En tu cabeza casi acabamos llamando a la policía.
Hasta Lucía sonrió, pero solo un instante.
Luego miró de nuevo el tocador.
—Hay una cosa que no me gusta.
Javier se puso serio.
—Dime.
—Que hayáis decidido que yo estaba «preparada» para esto basándoos en mis fotos. Parece que estabais esperando a que me curara de algo.
Álvaro palideció.
—No. Eso no.
—Pues explícalo mejor.
Él se acercó, pero mantuvo una distancia prudente.
—Yo no creo que tengas que curarte de tu cara. Ni que hayas llegado a una meta. Si mañana vuelves a pedirme que borre 20 fotos, borraré 20. No te estaba examinando. Solo le dije a Javier que había notado que estabas más cómoda. Y pensé que devolver este mueble podía ser un gesto bonito. Si nos equivocamos, lo volvemos a guardar.
Javier asintió.
—O lo regalo. O lo vendo. O lo convertimos en escritorio. Tú decides.
Lucía se quedó mirando su reflejo desde varios pasos de distancia.
Carmen recordó a la niña de 6 años llenándose las mejillas de purpurina. Recordó también a la adolescente que había tapado aquel mismo espejo con una toalla durante semanas.
—¿Cuánto tiempo llevas arreglándolo? —preguntó Lucía.
—Desde que Álvaro me llamó.
—¿2 meses?
—Los fines de semana. He cambiado las guías de los cajones, lijado la madera y estabilizado el espejo. La marca de la esquina sigue ahí.
Lucía se acercó.
—La hice yo con una pulsera.
—A los 9 años. Dijiste que había sido «un ataque artístico».
Ella soltó una pequeña risa.