—Eso mismo intento averiguar. Llevan hablando de un trato.
Álvaro respiró hondo.
—Y aquí es donde tengo que contar la parte que probablemente hará que te enfades conmigo.
PARTE 3
Lucía no se sentó. Cruzó los brazos y se quedó de pie frente a los 3, con la misma expresión que usaba cuando sentía que alguien había decidido algo sobre su vida sin preguntarle.
—Habla.
Álvaro miró a Javier, pero esta vez no buscó permiso. Solo ordenó sus ideas.
—Hace 4 meses fui a ver a Javier.
Carmen frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Porque quería pedirle matrimonio a Lucía.
Ella lo interrumpió de inmediato.
—Espero que no fueras a pedirle permiso.
—No lo hice —respondió Javier—. Y si lo hubiera hecho, me habría echado de casa. Lucía no necesita permiso de ningún hombre para casarse.
—Bien —dijo ella, todavía tensa—. Continúa.
Álvaro explicó que había querido hablar con Javier porque sabía lo importante que era para Lucía y quería contarle sus planes antes de proponerle matrimonio.
Javier lo escuchó en silencio y, al final, le hizo una sola pregunta.
—Le pregunté qué era lo que más le gustaba de tu cara.
Lucía arqueó una ceja.
—Eso suena fatal.
—Sonó peor en persona —admitió Álvaro—. Le dije que no podía responder sin convertirte en piezas. Tus ojos, tu boca, tu marca, tu sonrisa… no sé. Tu cara eres tú. No estoy contigo haciendo una lista de rasgos.
Carmen bajó la mirada durante un segundo.
Javier continuó.
—Entonces le conté algo que él ya había empezado a notar. Durante años, cada vez que alguien hacía una foto, tú preguntabas si salías bien, pedías verla, buscabas el ángulo, pedías repetirla. Y le dije que no intentara convencerte cada vez. Que no te dijera «eres preciosa» antes de que tú dijeras nada. Que no convirtiera cada fotografía en una intervención sobre tu cara.
Lucía miró a Álvaro.
—¿Y vosotros decidisteis vigilar mis fotos?
—No tus fotos —dijo él rápidamente—. Tus preguntas.
Aquella precisión no la calmó.
—¿Mis preguntas?
—Sí. Porque Javier me dijo una cosa: «Si algún día deja de pedirte que compruebes una foto, avísame».
El patio quedó en silencio.
Carmen sintió una incomodidad creciente.
—¿Y para qué?
Javier señaló el tocador.
—Porque hice una promesa que nunca le conté a nadie. El día que Lucía sacó este mueble de su habitación, no pude tirarlo. Lo llevé al trastero. Pensé que, si algún día el espejo dejaba de sentirse como un enemigo, lo restauraría. No para devolvérselo a la fuerza. Solo para darle la posibilidad de decidir otra vez.
Lucía desvió los ojos hacia el espejo ovalado.
Álvaro sacó el móvil.
—Hace 2 meses dejaste de pedirme ver las fotos.
Buscó una imagen y se la mostró. Era una fotografía tomada en una estación de servicio camino de Cuenca. Lucía tenía el pelo revuelto por el viento, la boca abierta de risa y la mancha completamente visible.
—Te la envié y dijiste «mándasela también a Nuria». Nada más.
Lucía recordó la escena.
—Ni siquiera pensé en mi cara.
—Lo sé —respondió él.