Por qué no avisaste?
—Vine por mi mamá.
Nadie respondió.
Entonces Lucía escuchó un roce arriba.
Subió.
Encontró un aparador colocado frente a una puerta.
Sergio corrió detrás de ella.
—Lucía, espera.
Ella apartó el mueble y abrió.
Carmen estaba sobre una cama, extremadamente débil, con los labios resecos y las muñecas irritadas por las tiras de tela que limitaban sus movimientos.
A un lado había una bandeja con comida echada a perder y un vaso de agua turbia.
Lucía sacó su teléfono, activó la grabación y pidió ayuda.
—MAMÁ, soy yo.
Carmen retrocedió aterrada cuando su hija intentó soltarla.
—No me sueltes todavía.
—¿Por qué?
Carmen señaló el colchón.
—Primero mira debajo.
Lucía levantó una esquina.
Encontró una carpeta envuelta en plástico.
Dentro estaban los comprobantes de las transferencias que había enviado durante 34 meses, copias de su identificación, documentos bancarios y una autorización con una