no coincidían con lo que veía frente a ella.
La última vez que miró la fotografía de la misma ventana, Lucía entendió por qué aquella imagen le había parecido extraña durante tantos meses.
No era la ventana lo que se repetía.
Era el límite.
La fotografía nunca mostraba lo que había detrás de la cámara.
Ahora sí lo sabía.
Y por eso, cuando Carmen le pidió que abriera la puerta del departamento, Lucía dejó las llaves sobre la mesa y fue a hacerlo.
Carmen salió por voluntad propia.
Esta vez, nadie tuvo que prometerle que volvería a entrar.