—A veces.
No dijo más. Pero sus ojos cambiaron. Lucía reconocía ese tipo de silencio. Era el silencio de quienes han perdido demasiado.
Esa noche, Mateo le escribió.
“¿Fernanda volvió a molestarte?”
Lucía miró el mensaje desde su cuarto pequeño, sentada junto a un plato de sopa instantánea.
“Estoy bien. No te preocupes. La gente habla porque puede. Yo trabajo porque debo”.
Mateo presionó el celular con rabia. En su oficina privada, abrió las cámaras de seguridad de la sucursal. Vio a Fernanda ignorando clientes, burlándose de Lucía, dejándole trabajo extra, escondiendo una comisión y hablando mal de ella con el gerente.
Guardó los videos.
—Se creen dueños de mi empresa —murmuró—. Se les olvidó quién firmó los contratos.
El domingo, Lucía fue a una casa hogar en Coyoacán con cuadernos y colores para los niños. Al entrar al patio, quedó helada.
Mateo estaba sentado en una banca, hablando con un niño de cabello despeinado. En la muñeca del pequeño brillaba el reloj que habían comprado juntos.
—¿Mateo?
Él se levantó, sorprendido de verdad.
—Lucía… no sabía que venías aquí.
Ella se sentó a su lado.
—Yo crecí viniendo a este lugar. Cuando mi mamá se enfermó, las monjas nos ayudaban con comida.
Mateo bajó la mirada.
—Yo crecí aquí.
Lucía lo miró sin pestañear.
—Mis papás murieron cuando tenía diez años —dijo él—. Después mi abuelo me cuidó, pero también murió. Esta casa fue lo único que tuve.
Lucía sintió que algo dentro de ella se ablandaba.
—Mi papá no murió —susurró—. Ojalá hubiera sido así. Apostaba, bebía y golpeaba las paredes para que mi mamá llorara en silencio. Cuando entré a la universidad, tuve que dejarla para trabajar. Mi mamá murió debiendo al hospital. Desde entonces aprenderé que nadie viene a salvarte.
Mateo quiso tomarle la mano, pero no se atrevió.
Lucía se limpió una lágrima rápido, como si le diera coraje haberla dejado salir.
—Pero ya pasó. Aquí seguimos, ¿no?
Luego corrió con las niñas para enseñarles a hacer flores de papel.
Mateo la miró con el pecho apretado. Ya no era curiosidad. Ya no era culpa.
Estaba enamorado.
Pero también entendió algo terrible: mientras más la amaba, más imperdonable era su mentira.
Y al día siguiente decidió revelar la verdad, sin imaginar que esa verdad podía destruirlo todo…
PARTE 3
La relojería estaba llena cuando Mateo Herrera entró vestido con un traje gris oscuro hecho a la medida.
El murmullo se apagó de inmediato. Sus zapatos brillantes golpearon el mármol con una seguridad que no tenía nada que ver con el hombre de playera vieja que había entrado días antes.