Un segundo.
Dos.
Después todo quedó oscuro.
Escuché gritos.
Pasos.
Cristales rompiéndose.
Damian me sujetó por la cintura y me protegió detrás de una columna.
—Quédate conmigo.
—Estoy contigo.
—No entiendes.
Su voz bajó.
—No estoy acostumbrado a preocuparme por alguien en esta habitación.
Mi corazón se detuvo un instante.
Pero antes de responder, regresaron las luces.
Y el caos apareció.
El camarero había desaparecido.
Los hombres de seguridad tenían a dos sospechosos retenidos.
Pero los ojos de Damian estaban fijos en otra persona.
Un hombre mayor con traje gris.
Su propio jefe de seguridad.
Robert Hale.
—No puede ser —susurré.
Damian no dijo nada.
Porque ya lo sabía.
Robert había trabajado con él durante quince años.
Era uno de los pocos hombres en quien confiaba.
—Tú —dijo Damian.
Robert bajó la mirada.
—Lo siento.
El salón quedó en silencio.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Damian.
Robert respiró profundamente.
—Tres años.
La traición cayó como una piedra.
—Mercer no quería destruirte —continuó Robert—. Quería reemplazarte.
Damian se acercó lentamente.
—¿Y mi clínica?
Robert miró hacia mí.
—La clínica era el único lugar donde los heridos hablaban sin pensar.
Entendí entonces.
No me habían elegido por casualidad.
Yo había sido una pieza accidental en una guerra que nunca vi.
Pero Damian sí.
Y por primera vez entendí por qué siempre parecía estar solo.
Porque incluso sus sombras podían venderlo.
Los días siguientes cambiaron todo.
Robert fue entregado a las autoridades.
Mercer perdió gran parte de su poder cuando los documentos que demostraban sus movimientos salieron a la luz.
Y Damian reorganizó todo su imperio.
Pero lo que más cambió no fue su negocio.