La casa donde había pasado siete años.
La casa donde había elegido muebles.
La casa donde había esperado que algún día él me presentara como su esposa delante de todos.
—Vine por mis cosas.
Su expresión cambió.
—¿Tus cosas?
Asentí.
—Sí.
Julian soltó una risa incrédula.
—¿Sigues molesta por lo del teatro?
Negué.
—No.
Me acerqué al armario y saqué una caja.
—Estoy cansada.
Esa frase pareció incomodarlo más que un grito.
—¿Cansada de qué?
Lo miré.
—De competir con alguien que nunca debería haber estado en medio.
Clara bajó la mirada.
Julian se levantó.
—No hagas esto dramático.
Sonreí.
La misma frase.
Siempre la misma.
—Julian, ¿sabes qué es lo más triste?
Él no respondió.
—Que durante años pensé que Clara era el problema.
Puse una fotografía dentro de la caja.
—Pero ella solo tomó el lugar que tú le diste.
Su rostro se tensó.
—No la metas en esto.
—Ya estaba en esto antes de que yo supiera su nombre.
Silencio.
Entonces Julian dijo algo que confirmó todo.
—Si hubieras sido más comprensiva, nada de esto habría pasado.
Me quedé inmóvil.