“¿Me has estado haciendo daño?”
Victor negó violentamente con la cabeza.
“No.”
“Entonces, ¿qué es?”
Le costaba hablar.
Finalmente, susurró:
“Contiene todo lo que tuve demasiado miedo de decirte.”
“¿Qué significa eso?”
Apretó mi mano.
Entonces empezaron a sonar los monitores.
Las enfermeras entraron corriendo en la habitación.
Victor nunca volvió a hablar.
Murió aquella noche.
Después del funeral, regresé sola a nuestra casa.
A las nueve en punto, me encontré mirando la mesa de la cocina.
Dos sillas vacías.
Dos vasos.
Y aquella botella.
De repente la odié.
La saqué del armario, la metí en mi bolso y decidí que finalmente descubriría la verdad.
A la mañana siguiente, Emily me llevó a un laboratorio privado.
Se quedaron con la botella y me dijeron que los resultados tardarían varios días.
Tres días después, sonó mi teléfono.
“¿Señora Carter?”
“¿Sí?”
“Soy el doctor Levin, del laboratorio.”
Mi corazón empezó a acelerarse.
“¿La analizaron?”
“Sí.”
Hubo una pausa.
“Por favor, venga en persona.”
“¿Por qué?”
“Y traiga a un familiar.”
Casi me fallaron las rodillas.
Emily me llevó hasta allí.
Cuando entramos en el despacho del médico, cerró la puerta.
Luego, para mi sorpresa, le echó llave.