PARTE 1
“Tu mamá va a morir por algo que no hizo… y tú la dejaste sola seis años.”
Eso fue lo que me dijo mi hermanito Mateo la mañana en que nos llevaron a la prisión de Huntsville, en Texas, a despedirnos de ella.
Yo me llamo Sofía Ramírez. Nací en Monterrey, pero crecí entre México y Estados Unidos porque mi papá, Arturo, tenía un taller mecánico cerca de la frontera. Mi mamá, Lucía, era de esas mujeres que parecían cargar la casa entera sobre los hombros: hacía tortillas de harina los domingos, cuidaba a Mateo como si fuera de cristal y todavía encontraba tiempo para ayudarle a mi papá con las cuentas del taller.
Hasta la noche en que todo se rompió.
Yo tenía diecisiete años cuando encontraron a mi papá muerto en la cocina. Una sola puñalada. No había puertas forzadas. No faltaba dinero. El cuchillo, lleno de sangre, apareció debajo de la cama de mi mamá.
Había sangre en su bata.
Sus huellas estaban en el mango.
Para la policía, para los vecinos, para la familia de mi papá, todo fue fácil de entender.
“Lucía lo mató.”
Yo nunca dije esas palabras en voz alta. Pero dejé que se quedaran viviendo dentro de mí.
Ese fue mi pecado.
Durante seis años, mi mamá me escribió desde prisión.
“No fui yo, mi niña.”
“Yo amaba a tu papá.”
“Por favor, cree en mí.”
Yo leía cada carta sentada en la cama, con Mateo dormido al lado, y nunca sabía qué contestar. Porque cuando dudas de alguien que te ama, no hace falta gritar para destruirlo.
Mi tío Rubén, hermano menor de mi papá, fue quien se encargó de todo después del juicio. “Yo voy a cuidar de ustedes”, dijo frente al ataúd. Y todos le creyeron.
Se quedó con el taller.
Con la casa.
Con las cuentas.
Con nuestras decisiones.
A mí me convenció de que lo mejor era alejarme de mi mamá.
“Te está manipulando, Sofía. Acéptalo. Mató a tu padre.”
Y yo, rota, confundida, huérfana de un lado y avergonzada del otro, le hice caso.
La mañana de la ejecución llegó demasiado pronto.
Mateo tenía apenas ocho años. Llevaba un suéter azul, el mismo color que mi mamá decía que le quedaba bonito porque resaltaba sus ojos. No hablaba casi nada desde que salimos del motel. Se apretaba las mangas como si fueran lo único que lo mantenía entero.
Cuando entramos al cuarto de visitas, mi mamá ya estaba ahí.