—¿Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas.

—¿Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas.
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La neblina subía desde la tierra como si el campo exhalara almas antiguas.

Era una noche fría de finales del siglo XIX, en las afueras de Zacatecas, cuando los caminos de terracería parecían no terminar nunca y cada rancho vivía encerrado en su propio silencio. A esas horas nadie andaba por ahí, y menos hacia la hacienda de Elena Robles, una mujer sola que sostenía con terquedad las tierras que sus padres le dejaron.