El Secreto del Convento

Y vio una mano.

Una mano pequeña, pálida, extendiéndose desde debajo de la camilla.

Camilo gritó.

Fonseca tiró de la camilla hacia atrás.

Y entonces ambos vieron el cuerpo escondido debajo.

Era otra monja.

Pero esta todavía respiraba.

Tenía los ojos abiertos.

Y antes de desmayarse, agarró la bata de Fonseca con una fuerza inesperada.

—No deje que regresen al convento…

—¿Quiénes?

La mujer comenzó a llorar.

—Todos están muertos.

Fonseca sintió un escalofrío.

—¿Quiénes están muertos?

La monja lo miró directamente.

—Las hermanas.

Hizo una pausa.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *