PARTE 1
El ascensor privado del penthouse en la zona más exclusiva de Santa Fe se abrió a las 3 de la mañana. Alejandro Montenegro entró arrastrando el peso de 1 vuelo retrasado y 1 reunión corporativa desastrosa. Se aflojó la corbata de diseñador mientras caminaba por el pasillo de mármol que brillaba bajo las luces automáticas. Él era el titán inmobiliario más implacable de todo México, 1 hombre de 38 años que había construido 1 imperio de concreto y cristal exigiendo perfección absoluta. Solo quería silencio, control y la soledad predecible de su hogar.
Pero cuando encendió la luz de su habitación principal, el mundo entero se detuvo. Había 1 mujer durmiendo en su cama.
Llevaba puesto el uniforme azul gastado de la empresa de limpieza contratada por el corporativo. Estaba profundamente dormida, cubierta de sudor frío, con los pies aún dentro de 1 par de tenis viejos con las suelas completamente destrozadas. Respiraba profundamente, con las manos callosas descansando sobre su rostro marchito por el cansancio. Alejandro sintió que la furia le subía por la garganta. Nadie entraba a su santuario privado. Nadie cruzaba esa línea.
Apretó la mandíbula y dio 2 pasos hacia el colchón. Iba a gritar, iba a llamar a sus 2 guardias de seguridad y se aseguraría de que esa mujer no volviera a conseguir trabajo en ninguna parte. Pero entonces la luz iluminó sus manos. Tenía cortes profundos en los dedos, la piel agrietada por los químicos agresivos y 1 agotamiento tan severo en su rostro que lo dejó congelado.
La supervisora del edificio, doña Leticia, apareció en la puerta temblando de terror junto a 2 guardias. Habían visto llegar a Alejandro y esperaban la explosión. Él nunca perdonaba. Despedía a gerentes por llegar 3 minutos tarde.