PARTE 2: LA CÁMARA QUE OLVIDARON

Miré a Julian.

No sentí satisfacción.

Solo tristeza.

El hombre con quien había compartido mi vida había estado dispuesto a destruirla por una propiedad.

El juez finalmente dictó medidas de protección y ordenó que el caso fuera remitido a las autoridades correspondientes para investigar las posibles agresiones y delitos relacionados.

La solicitud de custodia de Julian fue rechazada.

La casa de mi padre permaneció legalmente protegida.

Y mientras salía de la corte con mi hija en brazos, Sarah caminó a mi lado.

—Lo lograste.

Negué con la cabeza.

—No.

Miré a mi pequeña.

—Ella lo logró.

Sarah sonrió.

Antes de llegar al coche, escuché una voz detrás de mí.

—Elena.

Me detuve.

Era Julian.

Estaba escoltado por su abogado.

Me miró durante varios segundos.

—Lo siento.

Lo observé en silencio.

Después respondí:

—Yo también.

—¿Por qué?

Miré a mi hija.

—Porque alguna vez pensé que eras el hombre que iba a protegernos.

Me di la vuelta.

Y seguí caminando.

Esa noche regresé a la casa que mi padre me había dejado.

Entré en la cocina.

La misma cocina donde todo había comenzado.

Pero esta vez no sentí miedo.

Coloqué una fotografía de mi padre sobre la mesa.

Luego puse junto a ella una fotografía de mi hija.

Y susurré:

—Papá, cumpliste tu promesa.