Me casé con una viuda anciana porque quería su dinero y un lugar cálido para dormir.

“Pruebe el juego”.

Conecté el disco.

Apareció un video.

Por Mi Señor Leal.

Lo abrí.

Evelyn apareció en la pantalla sentada en su familiar silla floral.

Pero su postura era más recta.

Su expresión más fría.

La suave viuda que creía saber parecía desaparecer.

– Hola, Arthur.

Su voz grabada llenó la oficina.

“Si estás viendo esto, mi corazón finalmente se ha rendido”.

Ella hizo una pausa.

“Y tú estás sentado allí esperando tu gran premio.”

Apareció una leve sonrisa.

“Pensaste que era una anciana solitaria desesperada por compañía”.

Sus ojos se endurecieron.

“Pensaste que eras el cazador”.

Entonces se inclinó hacia la cámara.

“Pero siempre fuiste el cebo”.

Apenas podía respirar.

“Su nombre era Clara”, continuó Evelyn.

“Mi hija. Mi único hijo”.

Mis manos se entumecieron.

“Ella conducía a casa desde su turno de enfermería cuando un conductor imprudente golpeó su automóvil y la dejó allí”.

Evelyn miró directamente a la cámara.

“La policía nunca lo encontró”.

Una pausa.

– Pero lo hice.

Agarré el borde del señor. El escritorio de Sterling.

“Me tomó cuatro años”, continuó Evelyn. “Y más dinero del que me importa admitir”.

Cuando finalmente me encontró, había estado empleado.

Comprometido.

Construir algo parecido a una vida normal.

Entonces todo empezó a colapsar.

Mi trabajo desapareció.

Mis deudas se volvieron insoportables.

Mi compromiso terminó.

Los amigos desaparecieron.

Finalmente perdí mi apartamento.