El día de la boda, los invitados no pudieron dejar de susurrar.
Clara estaba de pie brillando en su vestido de novia, radiante y compuesto, junto a Don Baste, que estaba empapado en sudor, jadeando por aire, con una mancha de espagueti en su esmoquin.
—Pobre chica —susurró alguien.
“Ella solo está en eso por el dinero”.
“Ella debe estar disgustada por la idea de compartir una cama con él”.
Clara lo oyó todo.
Pero ella levantó la barbilla con orgullo.
Sacó un pañuelo y limpió suavemente el sudor de la frente de Don Baste.
– ¿Está bien, don Baste? Ella preguntó suavemente.
“¿Te gustaría un poco de agua?”
Don Baste se congeló.
Había esperado disgusto, pero en cambio, vio compasión.
Cuidado.
—Agua —susurró.
Durante toda la ceremonia, Clara se quedó a su lado.
Cuando llegó el momento de las fotos, no se alejó.
Ella le tomó la mano, grande, áspera y temblorosa.