Yo no había dibujado a mi madre para quedarme atrapado en el pasado.
La había dibujado porque todavía formaba parte de mi historia.
PARTE 2 — “YA DEBERÍAS SUPERARLO”
Cuando llegó el momento de presentar nuestros trabajos, caminé hasta el frente del salón con mi dibujo entre las manos.
Estaba nervioso.
La profesora me miró.
—¿Quieres contarnos qué representa?
Respiré profundamente.
—Es mi mamá.
El salón quedó en silencio.
—Ella falleció hace algunos meses.
Bajé la mirada.
—La extraño mucho.
Algunos compañeros permanecieron callados.
Yo continué:
—Pero no hice este dibujo para que todos estén tristes. Lo hice porque quería recordar algo bonito de ella.
Señalé el retrato.
—Mi mamá siempre decía que debía seguir intentando, incluso cuando algo no me saliera bien.
La profesora observó el dibujo con atención.
—¿Y por qué decidiste dibujarla?
Pensé unos segundos.
—Porque tenía miedo de olvidar su voz.
Aquella frase salió de mi boca antes de que pudiera pensarla.
Y entonces sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—A veces recuerdo su cara… pero me preocupa que algún día deje de recordar cómo se sentía cuando me abrazaba.
La profesora se acercó y colocó una mano sobre mi hombro.
—No tienes que olvidar para seguir adelante.
Aquellas palabras se quedaron conmigo.
Después de la clase, uno de mis compañeros se acercó.
Era un chico con quien casi nunca hablaba.
Miró el dibujo.
—Mi abuelo murió el año pasado.
Lo miré sorprendido.
—No sabía.
Él negó con la cabeza.
—Nunca se lo conté a nadie.
Se quedó observando el retrato.
—Creo que entiendo por qué lo hiciste.
Aquella conversación fue corta.
Pero cambió mi día.
Porque comprendí que muchas personas llevan historias que no conocemos.
Personas que parecen estar bien pueden estar atravesando momentos difíciles.
Y a veces una palabra amable puede significar mucho más de lo que imaginamos.
Cuando llegué a casa, mi padre estaba en la cocina.
Miró el dibujo que llevaba conmigo.
—¿Es ella?
Asentí.
Mi padre se quedó en silencio.
Después se sentó.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Finalmente me preguntó:
—¿Puedo verlo?
Le entregué el dibujo.
Lo observó durante mucho tiempo.
Y entonces ocurrió algo que nunca había visto.
Mi padre lloró.
No intentó esconderlo.
Simplemente dejó que las lágrimas cayeran.
—Se parece mucho a ella —dijo.
Me senté a su lado.