Once años. Once Navidades. Once cumpleaños. Once años de creer que era una madre desechada, cuando en realidad mis tres hijos habían venido a buscarme y les habían mentido en la cara.
—Yulieth —le dije con la voz quebrada—, ¿usted puede ayudarme a llamarlos?
Ella sacó su celular.
—Ya los llamé anoche, doña Elvira. A los tres. Ricardo lloró en el teléfono como un niño. Marta salió esta madrugada de Bogotá manejando. Julián viene en un vuelo desde Medellín.
Yulieth me miró a los ojos.
—Van a llegar hoy. Los tres. Antes del mediodía.
Miré el reloj de la pared. Eran las 6:47 de la mañana.
Le pedí a Yulieth el vestido azul de flores. La peineta de carey. Que me peinara como antes.
A las 11:20, escuché tres carros frenar en el portón. Escuché voces. Escuché a mi hijo Ricardo gritar el nombre de don Efraín con una rabia que nunca le había oído.
Y después escuché los pasos corriendo por el pasillo. Tres pares de pasos. Los pasos que llevaba once años esperando.
La puerta de mi cuarto se abrió de golpe.
Y por primera vez en once años, tres meses y quince días, dejé de estar sola.