Me fui a una cafetería en la colonia Roma con mi libreta, mi celular y una calma que me daba miedo.
Escribí todos los viajes de Daniel durante el último año.
Monterrey. Guadalajara. Querétaro. Cancún.
Algunos habían sido reales. Yo había visto correos, boletos, facturas.
Otros empezaron a oler a mentira.
A las doce con diecisiete, sonó mi teléfono. Número desconocido.
—¿Renata Salgado?
—Sí.
Hubo silencio.
—Soy Sofía Mendoza.
La cafetería se desvaneció a mi alrededor.
—Creo que ya sabes quién soy —dijo ella.
—Ahora sí.
Su voz tembló.
—Necesito verte. Por favor, no le digas a Daniel.
Una hora después, estaba frente a mí en una cafetería pequeña cerca de Álvaro Obregón. Sofía no se parecía a la mujer que yo había construido en mi cabeza. No llevaba joyas caras ni sonrisa victoriosa. Tenía el rostro pálido, el cabello recogido sin cuidado y una mano sobre el vientre, como si protegiera a su hija del aire.
Puso un sobre grueso sobre la mesa.
—Lo siento —murmuró.
No toqué el sobre.
—¿Desde cuándo?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Desde el verano pasado.
Un año.
Un año de tratamientos.
Un año de Daniel diciéndome que no perdiera la fe.
Un año de regresar a casa oliendo a otra mujer mientras me preguntaba si ya me había tomado mis vitaminas.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté.
—Ayuda.
Abrí el sobre.
La primera hoja era un acuerdo privado redactado por el despacho de Arturo, mi suegro. Le ofrecían dinero a Sofía si renunciaba a pedir pensión y aceptaba no usar el apellido de Daniel públicamente.
La segunda hoja era peor.
Si continuaba con el embarazo, debía considerar entregar a la bebé a una pareja casada elegida por el padre biológico.
Levanté la vista.
—¿Qué pareja?
Sofía se quebró.
—Tú y Daniel.
Sentí que el aire me cortaba por dentro.
—Él me dijo que tú siempre habías querido ser mamá —continuó—. Que te iba a contar que una conocida no podía hacerse cargo de su bebé. Que tú aceptarías adoptar sin preguntar demasiado.
Miré la hoja hasta que las letras se volvieron manchas.
Daniel no solo me había engañado.
Había usado mi herida más profunda como herramienta.
Cada prueba negativa. Cada baby shower donde sonreí con el alma rota. Cada vez que dije que amaría a cualquier niño que llegara a mi vida.
Todo eso lo convirtió en plan.
—¿Ibas a firmar? —pregunté.
—No.
Sofía me mostró audios. En uno, Daniel decía en alemán:
—Renata va a creer lo que yo le diga. Quiere un bebé más que dignidad.
Luego la voz de Ingrid:
—Haz que firme antes del parto. Una vez que nazca, la muchacha se puede poner difícil.
Sofía apagó el celular.
—Me amenazaron. Dijeron que iban a contar que soy inestable, que busco dinero, que nadie me creería contra una familia como la suya.
Yo miré su vientre.
La bebé se movió bajo su vestido.
Nada de esto era culpa de esa niña.
—¿Quieres quedarte con tu hija?
—Sí.
—Entonces no firmes nada.
—No puedo contra ellos sola.
Mi voz salió más firme de lo que me sentía.
—No vas a estar sola.
Esa tarde conocí a Mariana Robles, una abogada que una compañera de trabajo me recomendó. Tenía cabello corto, lentes gruesos y una manera de escuchar que parecía guardar cada palabra en una caja fuerte.
Leyó el contrato, escuchó los audios y dijo:
—Tu esposo es torpe. Su familia no.
—¿Qué hacemos?
—Protegemos a Sofía. Protegemos tus cuentas. Y dejamos que sigan hablando.
—¿Por qué?