Victor sonrió.
—Porque me gusta compartir este momento contigo.
Finalmente, me senté a su lado.
La bebida tenía un aroma muy particular y un sabor bastante amargo. A veces dejaba una sensación extraña en la garganta y otras veces un ligero sabor metálico.
Lo más curioso era que Victor nunca la ofrecía a nuestros invitados.

Cuando teníamos visitas, la botella permanecía guardada en el armario.
Un día, cuando nuestra hija Emily tenía dieciséis años, entró en la cocina y vio la botella.
—¿Qué hay dentro? —preguntó con curiosidad.
Victor la tomó y sonrió.
—Es una receta especial de nuestra familia. Algún día te contaré la historia.
Emily se encogió de hombros y volvió a su habitación.
Yo, sin embargo, me quedé pensando en sus palabras.
Pasaron los años, pero nuestra tradición nocturna nunca cambió.
Una vez al mes, Victor recibía un pequeño paquete por correo.
Lo guardaba cuidadosamente y, poco después, aparecía una nueva botella sin etiqueta en el armario.
Cada vez que le preguntaba de dónde venía, respondía que era de un viejo conocido.
Cuando le proponía preguntarle por la receta, Victor simplemente sonreía.
—Algún día te lo contaré todo.
Una noche decidí dejar mi vaso a un lado.