Entonces Ricardo movió los labios.
Todos guardaron silencio.
Salió una sílaba rota, casi puro aire.
—So…
Lupita acercó la carita.
—¿Sofía?
El monitor subió otra vez.
Adriana giró hacia su abogado.
—Saque esos documentos de aquí. Ahora.
Pero Elena ya había visto el sobre debajo de la carpeta.
El doctor también.
—Seguridad —ordenó Méndez—. Nadie sale de esta habitación.
Minutos después llegó Teresa, la mamá de Lupita, todavía con guantes de limpieza y el uniforme manchado de cloro.
Venía pálida, pensando que la iban a correr.
—Perdón, señorita Elena… yo no sabía que se metía aquí. Yo nomás la dejaba tantito en el cuartito. Neta, no tenía con quién dejarla.
Lupita quiso bajarse, pero Ricardo volvió a apretarle los dedos.
Como si le pidiera que se quedara.
Elena respiró hondo.
—Teresa, necesito que piense bien. ¿Alguna vez vio algo raro entre las cosas del señor Ricardo?
Teresa se quedó callada.
Miró a Adriana.
Luego bajó la voz.
—Cuando lo ingresaron, guardaron su ropa, su reloj y unas pertenencias en una bolsa sellada. Pero días después, una señora elegante pidió que le entregaran todo.
—¿Qué señora? —preguntó el doctor.
Teresa no contestó.
Solo miró a Adriana.
No hizo falta más.
—También había una cajita azul —continuó Teresa—. Como de galletas viejas. La separaron porque no venía registrada en la hoja. Creo que sigue en objetos no reclamados.
Ricardo volvió a mover los labios.
Esta vez todos escucharon:
—Caja.
Adriana perdió la compostura.
—Esto es una payasada. Un hombre en coma no puede decidir nada. Una niña no puede ser testigo de nada.
—Pero usted sí puede traer papeles para que un hombre en coma “firme”, ¿verdad? —respondió Elena.
El silencio fue brutal.