Ella sostenía mi mirada y asintió apenas, como para decir: tú decides, estoy bien.
Eso me dio fuerza.
Abrí la puerta lo suficiente.
—Cinco minutos.
Entraron con esa humillante incomodidad de quienes pusieron un pie en una vida que antes despreciaban y que ahora necesitan. Rodrigo miró a su alrededor con una expresión difícil de leer. Tal vez sorpresa. Tal vez el cálculo. Tal vez ambos. Nuestro apartamento no era lujoso, pero estaba lleno de orden y calidez. Había plantas en la ventana, fotografías de Ximena a diferentes edades, libros apilados, una lámpara amarilla que hacía que todo fuera más cálido. Se podía decir que la gente que se amaba vivía allí.
Señalé el sofá.
No les ofrecí café.
No les ofrecí agua.
Nada.
Se sentaron. Ofelia lo hizo con una rigidez nerviosa. Rodrigo se paró en el borde de la silla, con las manos juntas, mirando al suelo por un segundo antes de hablar.
—Camila murió.
El nombre me golpeó hasta tarde.
Camila.
La otra mujer. El embarazada. El único “sí, el hijo le iba a dar”. El elegido. La supuesta paz de Rodrigo. Gentey sociedad
No sentía satisfacción.
Me sentía vacía.
—¿Cuándo?
—Hace tres meses —respondió—. Cáncer. Fue muy rápido.
Asentí lentamente.
No sabía lo que se esperaba de mí. ¿Condolencias? ¿Asombro? ¿Cerrando una vieja herida? Nada de eso llegó. La muerte no repara lo que una persona hizo en la vida. Sólo congélalo.
—Tenían un hijo, ¿verdad? —pedí.
Ofelia se llevó una mano temblorosa a la boca.
Rodrigo bajó la cabeza.
—Sí. Matthew.
Lo hubo.
El heredero.
El niño varón por el que me descartaron.
Mi pecho se endureció de una manera extraña. No para el niño. No fue su culpa que él hubiera nacido en esa podredumbre. Pero el simbolismo era demasiado brutal.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —pedí.
Ofelia estalló en lágrimas.
No con discreción. No con dignidad controlada. Con ese grito feo y descompuesto de alguien que llega tarde a entender las cosas esenciales.
—Tiene leucemia —dijo.
La habitación se quedó sin aire.
Miré a Rodrigo. Él asintió, devastado.
—Leucemia mieloide aguda —dijo con una voz rota—. Ha estado hospitalizado durante semanas. Necesita un trasplante. Ya buscaron en los registros, los donantes, toda la familia de Camila… no hay compatibilidad. Familia
No lo entendí enseguida. O mejor dicho, mi mente entendía antes de que mi cuerpo quisiera aceptarlo.
Mis manos se congelaron.
Miré a Ximena accidentalmente.
Rodrigo continuó hablando, cada vez más rápido, como si las palabras estuvieran quemándose la boca.
—Nos pusieron a prueba a todos. No soy compatible. Tampoco lo hace mi madre. Miraron más allá. Primos. Tíos. Nada. Y luego el hematólogo dijo que los mejores candidatos a menudo están entre los medio hermanos.
Ahora lo entendí completamente.
Me sentí nauseabundo.
Ofelia se deslizó casi hasta las rodillas desde el sofá. La vi bajar y por un segundo no sabía si estaba soñando. Esa mujer que me había escupido que mi hija y yo podíamos vivir o morir sin importarme estaba en mi sala de estar, arrodillada sobre mi alfombra barata, llorando. Gentey sociedad
—Ayúdenos —sombrado—. Por favor. La niña puede salvar a su hermano.
La niña.