Pero tampoco hacía falta.
Aquellas palabras bastaban.
Era el comienzo de la reconciliación.
Hoy vivo tranquila en la cabaña con vista al lago.
El fideicomiso que Leonard dejó me permite vivir sin preocupaciones.
Caroline viene a visitarme de vez en cuando.
Peter me llama durante las fiestas y en algunas fechas especiales.
Cada tarde, antes de que el sol desaparezca en el horizonte, me pongo el anillo de diamantes que Leonard me prometió cuando ambos teníamos dieciocho años.
Después abro una de sus cartas.
Leo sus palabras.
Observo el reflejo del atardecer sobre el agua.
Y recuerdo todo lo que me enseñó.
Que el dinero puede dividir a las familias.
Que el orgullo puede impedir ver la verdad.
Que el dolor muchas veces distorsiona los recuerdos.
Pero que un amor capaz de resistir el paso de los años siempre será más fuerte que cualquiera de esas cosas.
Hay promesas que tardan toda una vida en cumplirse.
Y precisamente por eso…
son las que más valen la pena esperar.