Ella apretó la sábana.
—Porque me juró que destruiría tu vida. Sabía cosas de tu trabajo, nombres de personas, operaciones antiguas. Decía que podía acusarte de filtrar información y hacerte pasar tus últimos años en prisión.
Arturo entendió entonces por qué Camila había cortado contacto con antiguos amigos y familiares. Sebastián no solo la golpeaba. Había construido una prisión con amenazas cuidadosamente elegidas.
—No tenía nada real contra mí —dijo Arturo—. Solo quería que tú lo creyeras.
Camila negó con la cabeza.
—Sí tenía algo.
Le explicó que, meses atrás, encontró una carpeta digital con copias de expedientes militares, contratos y fotografías de reuniones privadas. Sebastián presumía que había comprado acceso a una base de datos federal.
Camila copió algunos archivos en una memoria USB. La escondió dentro de un conejo de peluche que pensaba regalar a su sobrina ese domingo.
Pero Mercedes la descubrió revisando documentos.
—Ella fue quien le dijo que yo pensaba denunciarlo —murmuró Camila—. También fue quien cerró la puerta cuando él empezó a pegarme.
La confesión cambió todo.
Mercedes ya no podía presentarse como una madre ignorante que protegía a su hijo por instinto. Había participado de manera directa y había intentado ocultar pruebas.
Valeria Cruz recibió la información y ordenó buscar el conejo de peluche.
En la mansión había 23 juguetes similares preparados para los niños. Mercedes afirmó no saber de qué hablaban. Incluso sonrió cuando los agentes comenzaron a revisar cajas.
—Están perdiendo el tiempo.
Pero una niña de 7 años levantó la mano.
Dijo que la abuela Mercedes había arrojado un conejo gris al cuarto de lavado y le había prohibido tocarlo.
Dentro del peluche encontraron la memoria.
Los archivos contenían contratos duplicados, listas de pagos y grabaciones de Sebastián dando instrucciones para sobornar a funcionarios. También había videos de cámaras interiores de la casa.
Uno de ellos mostraba la agresión de ese día.
Camila intentaba salir con una carpeta. Sebastián la sujetaba del cuello, la golpeaba y la empujaba contra una mesa. Mercedes observaba desde la puerta.
Cuando Camila cayó, su suegra no pidió ayuda.
Lo primero que dijo fue:
—Limpia esto antes de que lleguen los invitados.
La unidad federal llevó a Sebastián y Mercedes a la sala, ahora sin música ni copas. Los invitados habían sido desalojados y los trabajadores permanecían como testigos.
Sobre una pantalla aparecieron cuentas congeladas, propiedades aseguradas y órdenes de revisión contra 14 empresas.
Sebastián perdió la arrogancia.
—Esto es ilegal —balbuceó—. Mi abogado va a destruirlos.
Valeria colocó frente a él una tableta con la grabación del ataque.
—Su abogado acaba de solicitar colaborar con la fiscalía.
Sebastián miró a su madre. Mercedes palideció.
El abogado de la familia había entendido algo antes que ellos: la caída de TecnoNorte ya era inevitable. Para evitar cargos mayores, entregó documentos que demostraban cómo Mercedes administraba las empresas fantasma.
Madre e hijo comenzaron a acusarse.