Se encontraba paralizada contra la pared, con las manos cubriéndole la boca, observando cómo su único hijo se apagaba frente a ella.
Gabriel comenzó a recordar.
Recordó una bicicleta encadenada a la entrada. Una escalera húmeda. Un departamento con paredes verdes. Un dinosaurio de plástico junto al niño.
Recordó haber arrodillado junto a Mateo mientras su compañero preparaba el equipo.
—Usted logró que volviera a respirar —dijo Elena—. Pero no fue lo único que hizo.
La voz de la mujer comenzó a temblar.
—Yo estaba ahí, viendo morir a mi hijo, sintiéndome inútil. Entonces usted levantó la cabeza y me dijo: “Necesito su ayuda, mamá. Mateo necesita escuchar su voz”.
Gabriel recordó el procedimiento. Dar una tarea sencilla a una persona en pánico podía impedir que se derrumbara.
—Me hizo arrodillar junto a él —continuó Elena—. Me dijo que respirara siguiendo su cuenta. Inhale durante 4. Sostenga durante 4. Exhale durante 4. Usted mantenía vivo a Mateo mientras también me mantenía viva a mí.
Elena tenía lágrimas en los ojos.
—Convirtió a una madre aterrada en alguien capaz de ayudar a su hijo. No me permitió sentirme inútil.
Para Gabriel, aquella noche había sido una guardia más.
Para Elena había sido el momento que dividió su vida en 2.
—También viajó con nosotros al hospital —añadió—. Después descubrí que su turno había terminado. Se quedó hasta que el médico dijo que Mateo estaba estable. Cuando intenté darle las gracias, usted solo respondió: “Es mi trabajo, señora. Usted lo hizo muy bien”.
Gabriel bajó la mirada.
Recordaba vagamente haber salido del hospital al amanecer y haber comprado un café antes de regresar a casa. No recordaba el rostro del niño una vez que estuvo fuera de peligro.
—¿Cómo está Mateo?
El rostro de Elena se iluminó.
Sacó su teléfono y mostró la fotografía de un niño de 11 años con uniforme de portero, guantes enormes y una sonrisa a la que le faltaba un diente.
—Es un terremoto. Juega futbol, colecciona libros sobre tiburones y vacía el refrigerador cada 2 días. No ha tenido una crisis en 4 años.
Gabriel tocó la pantalla con la punta de un dedo, como si necesitara comprobar que aquel niño era real.
—Cada cumpleaños damos gracias por el paramédico cuyo nombre nunca conocimos —dijo Elena—. Ahora podremos decirlo.
Hablaron hasta que el café cerró.
Elena le contó cómo había criado sola a Mateo, trabajando por las mañanas en una lavandería y por las noches como mesera. Gabriel habló sobre las guardias, el departamento silencioso y la sensación de ser siempre quien sostenía a los demás sin que nadie lo sostuviera a él.
Cerca de la medianoche, Elena abrió la puerta del establecimiento.