“Fue él. Y me dijo que si yo hablaba, también iba a desaparecer a Sofía.”
Mi corazón dejó de latir por un segundo.
Porque en ese instante, recuerdos que yo había enterrado empezaron a regresar como cuchillos.
Rubén fue quien encontró el arma.
Rubén fue quien llamó a la policía.
Rubén fue quien insistió en que mi mamá era culpable.
Y ahora, frente a todos, estaba intentando llegar a la puerta.
“No le hagan caso”, dijo, con la voz quebrada. “Era un niño. Está confundido.”
Pero Mateo negó con la cabeza, metió la mano al bolsillo y sacó una bolsita de plástico.
Dentro había una llave vieja de latón.
“Papá me dijo que si mamá estaba en peligro, abriera el cajón secreto del ropero.”
Mi tío Rubén dejó de respirar.
Y yo entendí que lo peor no era lo que Mateo acababa de decir.
Lo peor era que apenas estábamos empezando a descubrirlo.
PARTE 2
La ejecución de mi mamá no fue cancelada.
Fue suspendida.
Esa palabra, “suspendida”, se me quedó clavada en la garganta. No significaba libertad. No significaba justicia. Significaba que mi mamá tenía unas horas más para seguir viva mientras otros decidían si valía la pena escuchar la verdad.
El director ordenó que nadie saliera del edificio. A Rubén lo sentaron en una oficina aparte. Él seguía repitiendo lo mismo:
“Ese niño no sabe lo que dice.”
Pero Mateo sí sabía.
Y eso era lo que más miedo daba.
Lo llevaron con una psicóloga y dos investigadores. Yo pedí estar con él, pero al principio no me dejaron. Después, cuando empezó a gritar mi nombre, una mujer de cabello canoso salió y me dijo:
“Puede entrar, pero no le sugiera nada. Solo acompáñelo.”
Mateo estaba sentado en una silla enorme para su cuerpo chiquito. Tenía los ojos rojos, las manos frías y la bolsita con la llave sobre la mesa.
“Cuéntalo otra vez, Mateo”, le pidió la investigadora.
Él me miró como pidiendo permiso.
Yo asentí, aunque por dentro me estaba cayendo a pedazos.
“Esa noche escuché a papá gritar”, dijo. “Bajé porque pensé que se había caído. Vi sangre en el piso. Papá estaba tirado. Mi tío Rubén estaba junto a él.”
La investigadora no parpadeó.
“¿Tu mamá estaba ahí?”
“No. Mamá estaba arriba. Yo la había visto dormida.”
Sentí que se me revolvía el estómago.
Mateo siguió:
“Mi tío me vio y me dijo que me regresara a la cama. Pero yo me escondí en la escalera. Lo vi agarrar el cuchillo con una toalla. Después subió al cuarto de mis papás. Yo lo seguí despacito. Lo metió debajo de la cama de mamá.”
Yo cerré los ojos.
Porque de pronto recordé algo que nunca quise pensar.
La sangre en la bata de mi mamá no parecía salpicada.
Parecía embarrada.
Como si alguien la hubiera puesto ahí mientras ella dormía.
“¿Por qué no lo dijiste antes?”, preguntó la investigadora con cuidado.
Mateo empezó a temblar.
“Porque mi tío me dijo que si hablaba, Sofía iba a terminar como papá. Y luego… luego me enseñó una foto de ella saliendo de la preparatoria. Me dijo: ‘Yo siempre sé dónde están’.”
No pude aguantar más.
Me acerqué y lo abracé.
Durante seis años, yo había pensado que mi hermanito era demasiado pequeño para recordar. Durante seis años, todos dijimos “pobrecito, no entiende”. Pero sí entendía. Solo había estado sobreviviendo.
Mientras tanto, enviaron policías a la casa que había sido nuestra.
La misma casa que Rubén mantuvo cerrada desde el juicio.