Valeria apretó la mano de su hija.
—No me salvaste solo a mí. Evitaste que ella creciera dentro de una mentira.
Guardé el dibujo en mi oficina.
Tiempo después, el centro me pidió hablar durante la bienvenida de nuevos pacientes. Había personas con yeso, andaderas y sillas de ruedas.
Coloqué mi bastón junto al atril.
—Quisiera prometerles que sanar será rápido, pero no lo será. Quisiera decirles que el dolor desaparecerá, pero a veces no desaparece. Yo todavía cojeo. Sin embargo, llega un momento en que dejamos de medir la vida por lo que perdimos y comenzamos a medirla por todo aquello a lo que nos negamos a renunciar.
Algunos lloraron. Otros asintieron.
La esperanza no siempre entra haciendo ruido. A veces llega como un paso pequeño, doloroso, pero posible.
Esa tarde salí del centro mientras el sol caía sobre Guadalajara. Crucé la calle lentamente, con mi leve cojera, sin intentar ocultarla.
Durante mucho tiempo pensé que la cicatriz representaba todo lo que Rodrigo me había quitado.
Finalmente entendí que era la prueba de que él intentó derribarme, de que mi madre eligió protegerlo y de que muchos familiares prefirieron una mentira cómoda.
Pero también era la prueba de que me levanté.
Rodrigo creyó que romperme la rodilla impediría que volviera a ponerme de pie.
Nunca entendió que una persona no se levanta solo con las piernas.
También se levanta con la verdad.